Encendido el corazón, a lomos de Inquieto Sueño,
desde el otero vislumbra el Palacio de la Nada.
Sabe que allí acabará en su último día,
custodiado por doncellas de luminosas pieles.
Todos allí son vencidos, todos allí deponen armas,
ninguno regresó con palabras ciertas
con las que agradar los corazones sombríos,
jamás ninguno trajo noticias de tan terrible
torre del homenaje, de tan formidables alcázares.
Al corcel espolea, y raudo se precipita hacia los abismos,
cielos inversos, inversas tierras, nubes de piedras, bosques de fuego.
Enfurecido desenvaina, presto al choque brutal,
mas nadie defiende el sitio, ni arqueros en almenas,
ni piqueros en formación, ni caballeros al galope,
sólo ese magnético fulgor que parece empañarle el ánimo.