(C. 1966, alguna ciudad del norte de España)
SENTÍ el cristal de su vida verterse sobre mi sombra
y dejé que me empapara con su vuelo de ave joven.
Lentas nubes como monstruos se acercaban por poniente.
Paseábamos secretos, allá a mediados de enero,
tal vez un domingo frío, cuando apetece el hogar,
la lectura sosegada y la paz de la familia.
Su voz de gaviota hirió el tejido de aquel sueño
cuando me propuso un pacto de espejismos y resaca.
En tromba el agua venció las paredes de los cielos,
y corrimos por callejas estrechas a refugiarnos
en la fantasía lúgubre de una anónima pensión.
Nos sabíamos ocultos, desconocidos, tramposos,
bajo una lluvia infernal que rechinaba en las tejas.
Aquella triste provincia a la que nunca volví.