Una mujer avanza por una callejuela. Desde una ventana alta un hombre la persigue con azarosos ojos. Ambos no se conocen. La mujer va pensando en alguien que está enfermo. En el varonil cuarto gira un disco nostálgico con lujuriosas músicas, arde una lámpara ocre junto a un sillón grosero sobre el que yace un libro. La mujer cuando joven soñó con ser pianista, una famosa intérprete. En casa tiene un piano, uno de pared, viejo, que tocaba de niña. Ahora ya ha olvidado por completo ese sueño. Le preocupa, y por eso acelera su paso, alguien que está muy enfermo, que pronto va a morir. El hombre cuando joven soñó con ser actor, un osado galán que hiciera derramar lágrimas a muchachas cándidas y coquetas. Hace años rodó un anuncio de excitantes refrescos. Desde entonces no ha vuelto a interpretar nada. Sabe que se hace viejo. Su rostro le parece más espantoso cada día que va pasando. La mujer es un punto negro al final de esa calle estrafalaria. Ahora el hombre ve que desaparece. Abajo ronronea un remolino de cáscaras, papeles de periódicos, amarillentas bolsas de plástico con signos rojizos y procaces. El viento azota el rostro del actor. El actor mira hacia abajo. Ya no piensa en la mujer. Un deseo eclipsa el agotado sol de su cerebro. Vuelve a mirar hacia abajo.