Yo, como tú, Juan Eduardo, sé que no pertenezco a este mundo oscuro lleno de hierros tristes. A menudo he pensado —si el Mago me concediera la gracia de hablarte, de tenerte frente por frente como dos exhaustos guerreros que saben fatal el viento de sus espadas—, a menudo he pensado qué es lo que te diría, qué palabra extraería de esta herida incansable que nace negra y es blanca y entre alas de almas alguna tarde estridente la he visto ponerse roja como el oro infinito del corazón de Bronwyn; qué podría decirte con mi lengua de acero olvidada a los pies de una diosa salvaje, qué llanto de escamas alzaría a los gritos de los planetas terribles que nos circundan mudos.
Acaso te vi un día, una tarde de posguerra. Ahora lo recuerdo: una tarde de junio del cincuenta y cuatro. Vestías un traje gris y lucías una rosa corbata de seda agonizante. Bajabas por Las Ramblas con el paso de un místico maldito. Presenciabas la música de un verso como un reguero de sangre caliente y lunática, y tus manos de druida acariciaban el lomo de aquel dragón secreto que nacería como una cruz en el centro del abismo de una vida muerta.
Es cierto, nos cruzamos en aquel jardín de flores turbias, de mujeres lentas que aguardaban el puño y el beso roto, en aquel océano de miseria y herrumbre.
Qué te diría yo, qué amalgama de voces, de sílabas arcanas vertería en tus ojos de silencioso cisne ahora, si estuvieras aquí mismo, frente a mí, con tu espada de infiernos y tus jornadas ciegas y el clamor de tus negras auroras. Yo, como tú, Juan Eduardo, sé que no pertenezco a este mundo oscuro lleno de hierros tristes.