REVERIE VIII


(C. 1989, Barcelona)

Yo, como tú, Juan Eduardo, sé que no pertenezco
a este mundo oscuro lleno de hierros tristes.
A menudo he pensado —si el Mago me concediera
la gracia de hablarte, de tenerte frente
por frente como dos exhaustos guerreros
que saben fatal el viento de sus espadas—,
a menudo he pensado qué es lo que te diría,
qué palabra extraería de esta herida incansable
que nace negra y es blanca y entre alas de almas
alguna tarde estridente la he visto ponerse roja
como el oro infinito del corazón de Bronwyn;
qué podría decirte con mi lengua de acero
olvidada a los pies de una diosa salvaje,
qué llanto de escamas alzaría a los gritos
de los planetas terribles que nos circundan mudos.

Acaso te vi un día, una tarde de posguerra.
Ahora lo recuerdo: una tarde de junio
del cincuenta y cuatro. Vestías un traje gris
y lucías una rosa corbata de seda agonizante.
Bajabas por Las Ramblas con el paso de un místico maldito.
Presenciabas la música de un verso
como un reguero de sangre caliente y lunática,
y tus manos de druida acariciaban el lomo
de aquel dragón secreto que nacería como una cruz
en el centro del abismo de una vida muerta.

Es cierto, nos cruzamos en aquel jardín
de flores turbias, de mujeres lentas
que aguardaban el puño y el beso roto,
en aquel océano de miseria y herrumbre.

Qué te diría yo, qué amalgama de voces,
de sílabas arcanas vertería en tus ojos
de silencioso cisne ahora, si estuvieras
aquí mismo, frente a mí, con tu espada de infiernos
y tus jornadas ciegas y el clamor de tus negras auroras.
Yo, como tú, Juan Eduardo, sé que no pertenezco
a este mundo oscuro lleno de hierros tristes.