Ya se lo he contado todo, punto por punto, comisario Ouspensky. Ahora, ¿qué quiere? ¿Que lo repita todo, de nuevo, para que lo escuchen los del Comité de Rectificación? Si tiene toda mi declaración grabada en ese aparato. ¿Quiénes son los del comité? ¿Ese puñado de cabezas que veo quietas envueltas en las sombras, allá, en los asientos del fondo? Bueno, de acuerdo, comisario Ouspensky. Estoy dispuesto a colaborar. Todos ustedes ya saben que soy inocente. Por lo menos quíteme la lámpara. Estoy totalmente cegado. Me duelen los ojos y tengo mucha sed. ¿Podría darme un vaso de agua? Bueno, bueno, no se altere comisario. Ya empiezo.
Me llamo Rainer de Hayss. Tengo declarada mi residencia en el 2389 del conglomerado de lujo Wernher Von Braun. Hasta hace unos meses, trabajaba en el proveedor internacional de bases de datos electrónicas Bikoz. Yo estaba asignado al D.E.A.D.D. o Departamento de Estrategias, Análisis y Depuración de Datos. En concreto, mi labor la realizaba dentro del Subdepartamento de Higiene Documental, como Escrutador de Incongruencias Documentales. Soltero, heterosexual en un grado 13/15, según la escala de Hoffman, sin desviaciones manifiestas. Juego al slokke con el equipo aficionado del conglomerado Wernher Von Braun. El año pasado declaré al Ministerio de Datos 5.300 terabytes de información personal, recogidos en soporte óptico convencional y certificado. Ninguno de mis datos fue censurado. No oculto información peligrosa o subversiva. No consumo drogas penadas; aunque habitualmente tomo drozalpeen cuando me encuentro muy fatigado; pero, como todos ustedes debían saber, esa droga dejó de estar penada hace años según los protocolos de la última convención de Nairobi sobre substancias narcóticas, depresoras, estimulantes y alucinógenas. Ganaba al año unas 15.000 piezas de kneph. Tenía todas las chicas que quería al alcance de la mano, no me metía con nadie, y, en suma, disfrutaba de la buena vida. Hasta que el fugaz presidente y vaporoso propietario de Bikoz, Gary Estrada D’Aurenga IV, un inconsciente mal nacido, perdió toda la fortuna que heredó de sus antepasados jugándosela en los casinos al tzim-tzum. Acosado por las deudas y por una más que probable condena por rotura de los patrones ponderados de la curva del mercado, tuvo que malvender, a un sospechoso grupo de financieros asiáticos, la empresa en la que yo trabajaba y en la que tenía garantizado un futuro brillante. Me quedé, de la noche a la mañana, en la calle por los caprichos de aquel zopenco. Me iba a ser muy difícil seguir manteniendo el ritmo de vida confortable que llevaba hasta entonces, si no encontraba, pronto, un trabajo tan bueno como el de escrutador de documentos. No se imaginan la de cosas interesantes y cachondas que he visto y leído en estos años. Claro que mi obligación, en beneficio de los intereses culturales y formativos de la comunidad, era, por supuesto, la de destruirlas. Un trabajo divertido.



