(microtextos)

Membranas de luz fría en silencio acarician la cristalina piel de la urbe trastornada.

Mensajes sin destino se cruzan con plegarias reveladas por boca de risa apocalíptica.

Los sueños se derraman sobre el promiscuo asfalto como amargo café conscientes de su fin.

Pálidos jovenzuelos vestidos de vampiros leen versos románticos en túneles de metro.

El yonqui se adormece junto a un quiosco de flores y vislumbra una teta de calor psicodélico.

Barcos muertos regresan a la rada brumosa una vez que han hundido en alta mar el ovni donde se celebraba una fiesta alienígena.

El psicópata luce un nuevo traje gris y espera el autobús que le inspira su canto de parlanchinas larvas y tumefactas madres.

La putilla de lujo se unta un maligno ungüento que durante unas horas la transforma en inocente princesa.

Las hadas a la ahorcada le roban su portátil y rebuscan histéricas en sus rosas enaguas el voluptuoso espasmo de un dígito binario.

Como los buques con cargamento peligroso que surcan el mar en el silencio de la noche.

Besar la empuñadura de plata del Colt.

Niños con rostros viejos y hombres con los semblantes arrasados por tablas de valores bursátiles se apuestan su permiso para volar a Xanadu.

Membranas de luz fría en silencio acarician la foto polaroid de un lobo solitario.