El hombre misterioso se sienta en su sillón favorito. Enciende la radio y oye las noticias. El mundo está a punto de explotar, como otras tantas veces. Lentos crustáceos trepan por las flores del papel pintado. La casa huele a alcanfor y cera derretida. Lluviosa tarde de domingo que envuelve como una crisálida al hombre calvo y rechoncho que en mangas de camisa oye con suma atención las señales horarias y las palabras del locutor. Alguna vez llevó a su querida Gertrud del brazo por las calles de la ciudad como si custodiara a una princesa persa, alguna vez embarcaron en una noria donde brillaban racimos de farolillos y giraron entre abrazos de bruma y aguardiente, alguna vez cenaron en restaurantes rusos, al cobijo de sombras doradas y músicas melancólicas; alguna vez hicieron el amor cuando los astros del verano les susurraban armoniosas baladas a sus delicadas pieles desnudas. Alguna vez alguien hizo todo eso por él, alguien hizo todo eso en vez de él. Mas le gusta sentarse en su sillón de tela verde y ver cómo los crustáceos devoran las orquídeas del papel pintado. Le gusta escuchar la voz angustiada del locutor que anuncia un terremoto, un estallido, un nuevo conflicto mundial. Le gusta imaginar que Gertrud, sentada en la mecedora, teje para él largas bufandas de lana roja. El hombre misterioso apaga la radio y se pierde entre los muebles de la cocina. Destapa al fin una botella y se sirve un vaso de vino rojo. Recordar aquel viejo rostro de muerta le ha dado sed.


